María Concepción Zurdo: «El índice de conflictividad en Topas es muy bajo, el ambiente ahora es de normalidad y tranquilidad»


EL DERECHO PENITENCIARIO
15 DICIEMBRE 2009

María Concepción Zurdo, durante la entrevista en su despacho.
Desde julio es la directora de la macroprisión de Topas, donde casi dos centenares de zamoranos cumplen condena por cometer algún delito. María Concepción Zurdo se resiste a hablar de hacinamiento. Ante la insistencia admite que «hay más población de la que nos gustaría, pero el centro permite albergarles en condiciones aceptables».

-No sé si ha visto la película «Celda 211», sobre un amotinamiento con muertos, ambientada en los años 80 en la antigua cárcel de Zamora. ¿Hoy sería posible en Topas una situación similar?

- No la he visto y no he estado en ninguna situación de motín, pero creo que ahora mismo las medidas de seguridad y la arquitectura de los centros dificulta que pudiera ocurrir uno.

-El imperio de la ley del más fuerte, que refleja esa película, ¿siguen vigentes entre los reclusos?

-Hombre, la institución ha evolucionado mucho, los internos y la forma de trabajar también. Es cierto que tienen sus códigos y sus pautas de conducta dentro de los centros, pero tanto como la ley del más fuerte..., ahora hay muchos fuertes.

-El ambiente de tensión y violencia, ¿existe o no?

-Ahora mismo, el ambiente, al menos en Topas, es de normalidad y tranquilidad. A los internos se les ubica y se hace una separación basándonos en características penitenciarias y de personalidad, entre otras. Siempre pueden surgir problemas por la propia convivencia al estar en un espacio cerrado. De ahí nuestro interés y nuestro esfuerzo en que puedan tener una rutina de vida, que estén lo más ocupados posible, que realicen actividades lo más positivas para ellos y que, de alguna manera, normalicen su vida aquí.

-En una publicación reciente se asegura que existen 1.813 reclusos en una macroprisión creada hace catorce años para dar cabida a 1.008, ¿esa saturación no es un inevitable caldo de cultivo para los conflictos?

-Vamos a ver, esa cifra no es real, hoy hay 1.670 internos. Tenemos 27 personas en el Centro de Inserción Social de Zamora y 36 en el de Salamanca. Es una cifra importante, no somos el centro tipo que más internos tenga y también es cierto que estamos en las mismas cifras del año pasado por estas fechas. Ojalá tuviéramos 1.107, pero estamos en un mantenimiento.

-¿Pero ese hacinamiento no es arriesgado?

-Es cierto que hay más población de la idónea que nos gustaría tener, pero también es verdad que la propia infraestructura del centro permite albergar a este número de internos en unas condiciones aceptables. Cuantos menos tengamos, mejor, pero ahora mismo, hay espacio suficiente en Topas para esa cifra. Se han incrementado, se están potenciando, actividades para que estén ocupados, trabajando y no ociosos en el patio, de tal forma que tengan una vida organizada, lo que ayuda a que disminuyan los problemas, los roces. Por eso en el centro hay una dinámica de trabajo importante, precisamente para paliar y garantizar la falta de conflictos.

-Los funcionarios se quejan del aumento de conflictividad, de tener dificultades para preservar la seguridad propia y de los presos.

-Lo ideal sería más funcionarios y menos internos, siempre lo digo. En Topas algo muy importante es que la plantilla es muy veterana, muy formada y experimentada y sabe llevar a cabo su tarea día a día, conociendo muy bien a los internos. El índice de conflictividad en el centro es muy bajo, pero propiciado por una plantilla con esas características: Maneja, conoce y sabe muy bien los movimientos de los internos; sabe canalizar todo tipo de problemática que surja. Lógicamente, los sindicatos están para hacer sus reivindicaciones, que conozco.

-¿Nunca ha sentido miedo frente a un preso con un historial delictivo importante o violento?

-La verdad es que no. En los doce años que llevo en la institución, como psicóloga como subdirectora y ahora como directora, nunca he tenido esa sensación de miedo; y espero que siga siendo así. Es que cuando tú tratas a los internos con respeto, ellos también lo hacen. Siempre pueden surgir cosas, porque los perfiles que tenemos son muy variopintos, pero la verdad es que nunca he tenido esa sensación ni de miedo, ni de inquietud por estar con un interno de cierta entidad.

-Y la primera vez, ¿cómo se sintió, qué sensaciones afloraron?

-Quizás me deberían haber preguntado ésto cuando entré en la institución, es cuando realmente aterrizas a pie de obra y ves que una cosa es lo que estudias y otra la realidad. La verdad es que la primera vez que, como psicóloga, traté a un enfermo de una determinada entidad resultó ser una experiencia bastante gratificante porque tú, como profesional, lo que haces es ahondar en qué puede ocurrir para que una persona termine haciendo aquello que le trae aquí. Y, a veces, te transmiten determinadas cosas, tienen ciertas experiencias, muy distintas a lo que tú manejas en el día a día. Lo recuerdo como algo bastante agradable a nivel profesional.

-Detrás de cada conducta asocial o violenta de los presos siempre hay una historia que explica ese comportamiento, ¿los psicólogos son un poco sus confesores?

-Cuando alguien entra en un centro penitenciario y vas a verle, no te cuenta su realidad, a veces la distorsiona para intentar dar una imagen diferente. Por eso te decía antes que el trabajo con ellos es una experiencia gratificante para el profesional, porque tienes que hacer una labor de investigación y de ahondar; ver de qué manera puedes extraer toda la información real para poder intervenir con ese interno. Y eso se hace a base de crear un clima de confianza para que la persona se muestre realmente tal y como es. Eso lleva tiempo.

-En sus doce años como profesional, habrá tenido momentos difíciles, ¿cómo planta uno cara a alguien que, como se dice normalmente, no tiene nada que perder?

-No me he visto inmersa en situaciones de dificultad o conflictividad o de que algún interno me haya plantado cara. Sí que es cierto que haces tu trabajo como psicóloga, pero tienes el apoyo del cuerpo de funcionarios, de los ayudantes. Cuando hay algún problema, toda la plantilla se mueve.

-¿Uno es capaz de conciliar el sueño cuando tiene a su cargo a 1.670 presos en un centro en el que ha de intentar por todos los medios que no surja ningún conflicto grave?

-Uno lleva en su cargo a todos esos internos, a los que hay en los CIS, a los trabajadores que hay en los centros y todas las personas que entran a diario en esas instalaciones: Personal de ONG, abogados, familiares..., o sea, esto es una ciudad en movimiento. Uno se acuesta pensando, «bien, no ha pasado nada; y espero que mañana tampoco». La tranquilidad a mí me la genera el equipo con el que trabajo y el saber que todos los funcionarios de este centro son muy profesionales, que se está muy pendiente de todos los detalles, que se controla todo, de que en cuanto se detecta el menor problema se activan todas las alarmas para solventarlo. Y, además, el tipo de construcción facilita que se puedan acotar los conflictos que puedan surgir.

-Es un poco vivir en el filo de la navaja, ¿no?

-Sí, sí, porque en un centro penitenciario ahora no pasa nada y en medio segundo ocurre. Hay que estar siempre alerta y uno asume con el cargo ese vivir en alerta, siempre pendiente de «no pasa, pero puede pasar» y nosotros nos tenemos que adelantar, tenemos que anticipar todo aquello que podría suceder para que si ocurre, por desgracia, todo el sistema funcione.

-¿En su despacho entran habitualmente presos para hablar con usted?

-No, sí entran familiares de presos, pero los internos no pasan de la zona de seguridad. A ellos les recibo allí y hablo con ellos dentro de esa zona.

-Cuándo ven a una mujer al mando, ¿cómo reaccionan, se la toman en serio?

-Ya tienen superada esa cuestión, ya no es como hace años. Ellos saben que hay una mujer al frente y te transmiten exactamente las cosas igual. Lo que te decía antes, si tú les tratas con respeto, ellos también; y si te plantean cosas y tú ofreces una solución..., las personas lo que quieren es que intentes solventar sus problemas y que mejores sus condiciones de vida en el centro. En eso trabajamos, seas un hombre o una mujer el objetivo de trabajo es el mismo.

-¿Y la plantilla, mayoritariamente masculina, cómo se lo ha tomado?

-Como ya estuve aquí cuando dirigía la prisión otra mujer, Ana Costa, y formaba parte de su equipo, pues, con independencia de lo que cada uno pueda pensar, ya no les asombra tanto; te conocen, saben cómo trabajas y quién eres.

-¿Qué argumenta a quienes piensan «mírales, encima de que delinquen, van a la cárcel, viven a cuerpo de rey, sin hacer nada, y cuando salen, cobran el paro»?

-Les diría que el artículo 25 de la Constitución dice que la finalidad de la pena privativa de libertad es la reinserción y la reeducación. De nada sirve aislar a una persona de la socie dad, a la que luego volverá, si en ese periodo no trabajamos para intentar modificar aquello que ha traído aquí a las personas y que no vuelvan a delinquir. Tenemos muchas instalaciones, piscina, pistas de esquás, pero los internos quieren la libertad. Eso es lo que más anhela uno, la piscina como que nos da un poco igual.

-La reinserción social sigue siendo la asignatura pendiente del sistema penitenciario, ¿con qué porcentaje de presos se consigue este objetivo?

-No manejo el dato, a final de año es cuando se hacen estadísticas. En la reinserción influyen muchos factores. Aquí se hace un trabajo importante de motivación, de intento de cambio de estilo de vida, de interiorización de normativa, de control de impulsos y abordaje de problemática específica, pero no podemos olvidar que las personas vuelven a su medio social, donde concurren circunstancias sociales. El trabajo de esta institución, que trata de poner todos los medios para evitar la reincidencia, termina cuando un preso sale a la calle. Ahí empieza otro trabajo.

-¿Quizás la sociedad continúa estigmatizando al preso y no le da las oportunidades para desarrollar las habilidades que aprenden en estos centros?, ¿hay un trabajo por hacer en ese sentido?

-Esto es una tarea de todos, igual que la institución necesita los recursos externos -de ahí la gran colaboración con ONG, empresas externas de fabricación-, que la sociedad tenga su espacio aquí, cuando el interno sale es un ciudadano de pleno derecho. En mi opinión personal, estamos viviendo unos momentos difíciles a nivel social y parece que las opiniones se radicalizan: Las personas pueden aprender, rectificar y modificar su conducta, eso es lo importante.

-¿En estos momentos sería fundamental que la cárcel de Zamora comenzara a construirse para descargar a Topas?

-Es una reivindicación de hace años de los sindicatos. Yo, como directora del centro, muy poco puedo decir porque no tengo capacidad de decisión. Sí que es cierto que los profesionales de Zamora que trabajan en este centro llevan muchos años demandándolo. Sólo puedo aludir a las manifestaciones del delegado del Gobierno en Día de la Merced y a las de la secretaria general de Instituciones Penitenciarias en Salamanca, por las que considero que se hará.

-¿Tanto se ha disparado la criminalidad para que las cárceles del país estén saturadas?

-Nosotros trabajamos con las personas que ya han sido condenadas, el sistema judicial decide, hay un Código Penal. Sí que es verdad que la sociedad pide que se endurezcan las penas, que se tipifiquen como delitos infracciones que no deberían, a lo mejor, tener esa pena de cárcel.

-Siempre se ha dicho que a los presos de ETA, ¿se les trata de diferente forma que al resto, están integrados con el resto?

-Son internos igual que los demás y así son tratados. Se les aplica la misma normativa, como no puede ser de otra manera. Aquí los internos tienen un tratamiento individualizado y cada uno se relaciona con quien quiere y como quiere.

-El 61% de los presos que hay en Topas son extranjeros, ¿eso complica la relación entre ellos y con los funcionarios?

-Topas desde hace años ha tenido población extranjera, somos una prisión intercultural y eso más que resultar un problema supone un enriquecimiento de lo que pueden aportar las diferentes nacionalidades. Todo entra dentro de una normalidad.

-¿Qué arma tiene el funcionario frente a un preso y a posibles peligros?

-Tienen una veteranía, una profesionalidad y experiencia para acometer los problemas sin utilizar ningún arma, hay que anticiparse al problema, y se detectan si conoces muy bien cómo funcionan los internos, cómo se relacionan, hay un trabajo de observación muy importante que da pistas para que todo el entramado actúe y eso evita muchos problemas.

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